Asha

Nos vimos por primera vez en una cafetería de Parla. Yo andaba obsesionado con Somalia y buscaba somalíes que vivieran en España. Y a pesar de que hay pocos -la mayoría recalan en Reino Unido y los países nórdicos-, su nombre apareció en Google. Y aceptó sin dudar mi invitación al café.

Nos caímos bien desde el principio, y accedió sin problemas a que abusara de su tiempo con traducciones, llamadas a Somalia y muchas explicaciones sobre su país a muchas preguntas de un ignorante servidor.

Fui descubriendo a una mujer trabajadora, a una madre luchadora y a una africana involucrada, de las que no entienden la vida desde el sofá de su casa. Una mujer de acción que aún está al frente de la asociación somalí en España y que lleva años luchando contra la mutilación genital femenina, muy extendida todavía en África y otras partes del mundo. De hecho, está a punto de relanzar la asociación Save a Girl Save a Generation, precisamente para luchar a favor de los derechos de las niñas que sufren cualquier tipo de maltrato.

Como mujer somalí que escapó de su país al estallar el conflicto hace más de 20 años, sus sentimientos sobre el terreno en los campos de refugiados de Dadaab han sido profundos, con tantos compatriotas desesperados contando historias de horror y guerra.

En uno de los colegios de los campos de refugiados, pidió voluntariamente dar una breve charla a los chavales para animarles en ese entorno general sin esperanza. Contó su historia -ella estuvo interna en Dadaab y consiguió un futuro a pesar de su origen- y animó a los chicos a que no se crean menos que nadie, a confiar en sus posibilidades y a luchar. Fue un discurso improvisado y emocionante que bien podría haberse titulado ‘nothing is impossible’, una frase que ella suele repetir a menudo.

Su contribución ha sido traducir, sí, pero sobre todo ha sido escuchar. Porque esa gente necesitan que se les escuche, y Asha sabe escuchar.

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Emergencia: Dadaab

El niño somalí que he visto hoy en el campo de refugiados de Dadaab podría ser el mismo que fotografió hace ya 17 años en una aldea de Sudán el fotógrafo Kevin Carter. Es duro pensar que tantos años después pueda seguir haciéndose la misma fotografía, con las mismas caras de sufrimiento, los mismos sueños rotos, la misma desesperación.

El campo de refugiados de Dadaab, en la frontera entre Somalia y Kenia, es una dramática colección de historias de supervivencia huyendo de las bombas, de la sequía, la hambruna y de un nuevo y temido enemigo: los terroristas islamistas de Al Shabab. Nadie en los campos quiere pronunciar su nombre, pero todos hacen referencia al terror que están sembrando en una población castigada ya por 20 años de guerra ininterrumpida.

La cifra de refugiados alcanza ya los 370.000, en un lugar habilitado en un principio para 90.000. Faltan espacio y recursos en un trocito de desierto que estaba concebido como temporal y que ha cumplido ya 20 años. La comida no llega para todos, sólo el 30% de los niños están escolarizados y los recién llegados tienen ya que amontonarse fuera de las vallas de los campos, en chabolas improvisadas en las que todo se reduce a poder llegar con vida al día siguiente.

No tienen identidad, no tienen libertad, ni esperanza remota de poder mejorar por el momento su situación. Pero aún así les compensa el viaje. Han dejado de oir el ruido de la guerra.