Emergencia: Dadaab

El niño somalí que he visto hoy en el campo de refugiados de Dadaab podría ser el mismo que fotografió hace ya 17 años en una aldea de Sudán el fotógrafo Kevin Carter. Es duro pensar que tantos años después pueda seguir haciéndose la misma fotografía, con las mismas caras de sufrimiento, los mismos sueños rotos, la misma desesperación.

El campo de refugiados de Dadaab, en la frontera entre Somalia y Kenia, es una dramática colección de historias de supervivencia huyendo de las bombas, de la sequía, la hambruna y de un nuevo y temido enemigo: los terroristas islamistas de Al Shabab. Nadie en los campos quiere pronunciar su nombre, pero todos hacen referencia al terror que están sembrando en una población castigada ya por 20 años de guerra ininterrumpida.

La cifra de refugiados alcanza ya los 370.000, en un lugar habilitado en un principio para 90.000. Faltan espacio y recursos en un trocito de desierto que estaba concebido como temporal y que ha cumplido ya 20 años. La comida no llega para todos, sólo el 30% de los niños están escolarizados y los recién llegados tienen ya que amontonarse fuera de las vallas de los campos, en chabolas improvisadas en las que todo se reduce a poder llegar con vida al día siguiente.

No tienen identidad, no tienen libertad, ni esperanza remota de poder mejorar por el momento su situación. Pero aún así les compensa el viaje. Han dejado de oir el ruido de la guerra.