El mzungu y el bus africano

 

Hoy hemos abandonado Dadaab, ese pequeño pueblo desértico cercano a Somalia que sirve como cuartel general a Acnur y otras organizaciones que dan cobertura a los casi 400.000 refugiados somalíes que se amontonan en los alrededores. Nuestro destino, Garissa, es la capital de North Eastern Province, una jurisdicción que tiene una característica general: es una continuación de Somalia. En la división postcolonial se dibujaron algunas líneas del mapa a ojo. Y Kenia se quedó con un buen puñado de tierra donde sólo se habla somalí y donde sólo se ve la etnia somalí, muy distinta a la keniana. Asha nos contaba que muchos funcionarios kenianos eran enviados a trabajar aquí como escarmiento cuando eran castigados. Y el trato policial en esta zona es mucho más estricto que en otros lugares del país y los controles, muy habituales en toda la provincia.

Aquí nos dirigíamos esta mañana en un autobús que supuestamente iba a salir a las 9. Cuando sufres un viaje en bus africano una vez todo puede llegar a ser hasta divertido. Como mzungu (manera en que se nos denomina a los blancos aquí), tu color de piel da un toque exótico a un autobús abarrotado de negros poco acostumbrados a vernos en ese hábitat. Me sorprenden varias cosas, a pesar de que esto sea África. La primera y fundamental: no se deberían poder vender más número de billetes que asientos tiene el bus. Y la segunda. No es tan difícil marcar una hora de salida y tratar de salir a esa hora, entre quien entre.

Nuestro autobús salía a las 9 y ha acabado saliendo a las 11. Es un trayecto relativamente corto aunque muy sinuoso y bacheado por el desierto. Ni un solo metro de asfalto. Pero se realizaban paradas cada cierto rato, y por los motivos más diversos. Nada más salir, hemos estado parados media hora porque había que descargar y cargar sacos y bultos. Después, en otra aldea, un señor se ha subido para buscar a su mujer, que había huido con el hijo en brazos harto de él. A unos cientos de metros ha encontrado a la mujer. El bus ha parado a su lado, el marido ha bajado, y mientras todos los pasajeros curioseábamos por las ventanas, él trataba de convencerla a ella que no huyera. Al final se han dado media vuelta y, cogidos de la mano, han vuelto al pueblo reconciliados.

También ha habido controles policiales. Kenia tiene mucho miedo a la infiltración de los terroristas somalíes de Al Shabab en su país. De hecho, se ha llevado detenido a un sospechoso muy cerquita de nosotros. Por otra parte, la policía vigila que ningún refugiado se cuele en los autobuses. La presión  de quienes huyen de Somalia hace que muchos no se conformen con buscar suerte en los campos de refugiados y quieran llegar a ciudades kenianas para buscar un futuro mejor.

El bus ha acabado llegando un poco antes de las 4 de la tarde después de mil incidencias y un viaje de locos. Por lo menos para un mzungu.

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