Cortar la inocencia

Leyla jamás podrá ser feliz. Tiene 10 años, y desde hace un mes mantiene inamovible ese gesto indiferente, esa mirada perdida. Vive sin apenas moverse, con las piernas juntas y estiradas, en una cabaña de un barrio de Garissa, al este de Kenia. Desde hace un mes se recupera del doloroso corte que marcará el resto de su vida: la ablación.

Aunque desde 1995 su práctica está totalmente prohibida en Kenia, la mutilación genital femenina sigue realizándose de forma clandestina por la población somalí y por no pocas regiones en el mundo. Según esta costumbre, una niña tiene que pasar por ello para estar purificada, para no poder llegar a experimentar el placer sexual, para esperar a ese marido impuesto con el que se casará y no poder siquiera sentir otra tentación. Es la programación de la vida de la mujer desde niña, la sumisión y el cumplimiento de sus obligaciones.

Leyla jamás será feliz. Pero Leyla está viva. Las condiciones deplorables en que se realizan este tipo de actos clandestinos provoca numerosas infecciones y pérdida de sangre que lleva incluso a la muerte de muchas niñas. Son víctimas sin certificado de nacimiento, víctimas que nacen y mueren sin que haya constancia de su existencia. El miedo a llevarlas al médico por estos problemas legales hace que tras su fallecimiento, la propia familia tenga que enterrar a la niña en cualquier lugar. En Garissa existe este tipo de tumbas ‘fantasma’ que evidencian el horror de la ablación.

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Asha

Nos vimos por primera vez en una cafetería de Parla. Yo andaba obsesionado con Somalia y buscaba somalíes que vivieran en España. Y a pesar de que hay pocos -la mayoría recalan en Reino Unido y los países nórdicos-, su nombre apareció en Google. Y aceptó sin dudar mi invitación al café.

Nos caímos bien desde el principio, y accedió sin problemas a que abusara de su tiempo con traducciones, llamadas a Somalia y muchas explicaciones sobre su país a muchas preguntas de un ignorante servidor.

Fui descubriendo a una mujer trabajadora, a una madre luchadora y a una africana involucrada, de las que no entienden la vida desde el sofá de su casa. Una mujer de acción que aún está al frente de la asociación somalí en España y que lleva años luchando contra la mutilación genital femenina, muy extendida todavía en África y otras partes del mundo. De hecho, está a punto de relanzar la asociación Save a Girl Save a Generation, precisamente para luchar a favor de los derechos de las niñas que sufren cualquier tipo de maltrato.

Como mujer somalí que escapó de su país al estallar el conflicto hace más de 20 años, sus sentimientos sobre el terreno en los campos de refugiados de Dadaab han sido profundos, con tantos compatriotas desesperados contando historias de horror y guerra.

En uno de los colegios de los campos de refugiados, pidió voluntariamente dar una breve charla a los chavales para animarles en ese entorno general sin esperanza. Contó su historia -ella estuvo interna en Dadaab y consiguió un futuro a pesar de su origen- y animó a los chicos a que no se crean menos que nadie, a confiar en sus posibilidades y a luchar. Fue un discurso improvisado y emocionante que bien podría haberse titulado ‘nothing is impossible’, una frase que ella suele repetir a menudo.

Su contribución ha sido traducir, sí, pero sobre todo ha sido escuchar. Porque esa gente necesitan que se les escuche, y Asha sabe escuchar.