Seychelles

Por un momento, Borja y yo hemos hecho un pequeño lapsus entre veintitantas horas de recursos, descarga de pescado y decenas de entrevistas hablando de piratas, seguridad, secuestros y política para mirarnos a nosotros mismos. Para hacernos un pequeño homenaje, para enseñaros que, entre grabación y grabación, nosotros quisimos también convertirnos en protagonistas. Aquí dejo un breve resumen de nuestra provechosa estancia en las islas Seychelles. Lo veo y lo vuelvo a ver y, lo reconozco, no puedo dejar de esbozar una sonrisa boba. Trabajamos mucho, sí, pero también nos divertimos. De eso se trata, ¿no creéis?

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El metro

10.05. Buena hora, creo. El metro irá vacío. Bajo las escaleras. Tetuán. El músico sonriente sonríe. Y se moja. Busco la cartera. Joder, se me acaba el bono de 10. Entro. “4 minutos”. Toca esperar. Rezo para sentarme. Estoy cansado. Camino hasta el final. Hago tiempo. Creo que el último vagón irá tranquilo. “1 minuto”. Miro el móvil. Pienso en algo. Pienso en nada. Aparece el convoy. Rezo para que vaya vacío. Ya son horas. No tengo suerte. Rezo por entrar. Me hago sitio. Amarro la barra superior. Pienso en nada. Estrecho. No baja nadie. Alvarado. Suben más. ¿Cabemos? Cuatro Caminos. Comido por servido. Ríos Rosas. Hago una foto. Iglesia. Sigo de pie. Bilbao. Ya queda menos. Tribunal. Fin de trayecto.

Los “señores” del campo

Hace unos días estuve por Sarrión, un pequeño pueblo turolense que vive de unas bolitas de aspecto feo y aromas intensos que se venden a precio de oro en el mercado nacional y en el internacional. El reportaje resultante, ‘Diamantes bajo tierra’, no tiene más pretensión que la de contar qué es la trufa (en serio, muchos siguen creyendo que es la de chocolate), dónde y cómo nace, quién la explota en España y cómo se vende.

Aunque nace de la tierra, no tiene mucho que ver con la agricultura ni con la crisis endémica de un sector anquilosado y artificialmente mantenido por ayudas mal repartidas y mal invertidas.

La trufa es otra cosa. Como dicen algunos truficultores sarrionenses, son los “señores” del campo. Trabajan, pero también ganan. De hecho, es de los pocos negocios que conozco -y más en estos tiempos- que tiene más demanda que oferta. Es decir, se vende absolutamente todo lo que se produce, y no precisamente regalado. Una bolita sustraída con ayuda de un perro avispado puede costar alrededor de 70 euros, y el trabajo de recolección se realiza de manera cómoda, dentro de parcelas bien organizadas de encinas plantadas de manera consecutiva.

El precio del kilo oscila entre los 700 euros de un año flojo a los 1.300 euros de un buen año. Esta temporada recién acabada ha terminado con precios de 1.150 euros el kilo, y apenas ha quedado trufa. Daniel Bertolín, uno de los mayores productores de la zona, apenas tiene ya qué vender.

Aunque hay intermediarios, la propia constitución del producto (poco peso, poco volumen) hace que los propios truficultores vendan directamente al cliente, saltándose una cadena intermedia que es el cáncer de tantos y tantos productos agrarios en España. Bertolín tiene clientes en Japón, China, Italia, Estados Unidos y, por supuesto, en España. Aunque, según él, todavía no sabemos qué es la tuber melanosporum (trufa negra). Para muchos sigue siendo un postre. Y de chocolate.

Deleitosa

La entrada de Deleitosa (Cáceres) en 1950, tal y como la fotografió
el reportero norteamericano Eugene W. Smith para la revista ‘Life’. 

El reportaje sobre Deleitosa fue un regalo. Uno de esos temas preciosos que además se desarrollan en un pequeño pueblo de la Extremadura rural y que tratan, básicamente, de personas corrientes. Son mis favoritos, quizá porque la gente en los pueblos te habla siempre con el corazón, sin dobles intenciones, con cierta ingenuidad. Y te hablan de la vida, de sus vidas, tal y como ellos la han vivido, y te enseñan un millón de lecciones. No muestran el velo intencionado del empresario, ni el lenguaje correcto, previsible y encorsetado del político. Normalmente, la gente llana no quiere venderte motos aprovechando que eres el periodista y que vas a darle voz: muestran lo más sincero y espontáneo que llevan, y eso, para un reportero, es de agradecer.

No voy a hablar sobre el reportaje de Deleitosa, que para algo lo he escrito, ni sobre la historia que lo motivó. Prefiero dejaros el material para que, si tenéis tiempo, echéis un vistazo. Merece la pena observar la publicación original, ya que mi texto no tiene ningún sentido sin las magníficas fotos de Lucas. Fueron cuatro páginas, pero hubiera escrito 8, 12 ó 16. Es lo bueno y lo malo del periódico, un cacho de papel con espacio limitado.

Reportaje íntegro (textos, .doc)
Portada
Págs. 1 y 2
• Págs. 3 y 4