Cortar la inocencia

Leyla jamás podrá ser feliz. Tiene 10 años, y desde hace un mes mantiene inamovible ese gesto indiferente, esa mirada perdida. Vive sin apenas moverse, con las piernas juntas y estiradas, en una cabaña de un barrio de Garissa, al este de Kenia. Desde hace un mes se recupera del doloroso corte que marcará el resto de su vida: la ablación.

Aunque desde 1995 su práctica está totalmente prohibida en Kenia, la mutilación genital femenina sigue realizándose de forma clandestina por la población somalí y por no pocas regiones en el mundo. Según esta costumbre, una niña tiene que pasar por ello para estar purificada, para no poder llegar a experimentar el placer sexual, para esperar a ese marido impuesto con el que se casará y no poder siquiera sentir otra tentación. Es la programación de la vida de la mujer desde niña, la sumisión y el cumplimiento de sus obligaciones.

Leyla jamás será feliz. Pero Leyla está viva. Las condiciones deplorables en que se realizan este tipo de actos clandestinos provoca numerosas infecciones y pérdida de sangre que lleva incluso a la muerte de muchas niñas. Son víctimas sin certificado de nacimiento, víctimas que nacen y mueren sin que haya constancia de su existencia. El miedo a llevarlas al médico por estos problemas legales hace que tras su fallecimiento, la propia familia tenga que enterrar a la niña en cualquier lugar. En Garissa existe este tipo de tumbas ‘fantasma’ que evidencian el horror de la ablación.