Seychelles

Por un momento, Borja y yo hemos hecho un pequeño lapsus entre veintitantas horas de recursos, descarga de pescado y decenas de entrevistas hablando de piratas, seguridad, secuestros y política para mirarnos a nosotros mismos. Para hacernos un pequeño homenaje, para enseñaros que, entre grabación y grabación, nosotros quisimos también convertirnos en protagonistas. Aquí dejo un breve resumen de nuestra provechosa estancia en las islas Seychelles. Lo veo y lo vuelvo a ver y, lo reconozco, no puedo dejar de esbozar una sonrisa boba. Trabajamos mucho, sí, pero también nos divertimos. De eso se trata, ¿no creéis?

Anuncios

Borja

Borja y yo en Asturias, en 2006.

Nos unió la universidad. Todos me acusan con razón de mala memoria y seguramente él sepa mejor que yo cuándo hablamos por primera vez. Recuerdo que a primera vista era totalmente opuesto a mí: muy serio, pausado, poco ruidoso. Mientras mis pantalones cortos me acarreaban problemas con el bedel cada vez que entraba a la facultad, él vestía como una persona mayor: camisas –yo me la habría puesto un par de veces en mi vida, en bodas–, pantalón ‘beige’ de pinzas y zapatos… ¡sí, zapatos! Me acuerdo que la última vez que había llevado yo unos fue en la Primera Comunión, en 1992, y sólo en la iglesia. Mi madre me había cogido las zapatillas para después.

Entrevista para la televisión local de Badajoz.

Recuerdo alguna primera conversación más o menos larga con él. Fue en el autobús de La Roncalesa, yendo a Pamplona o viniendo de allí hacia San Sebastián. Ambos esquematizamos nuestras vidas en apenas 90 kilómetros por la A15, y me pareció un buen tío. Recuerdo que me habló de su infancia, de ciertos complejos de niño que hacían aún mella en él al relacionarse con los demás. Me habló de sus pasiones, el humor y la televisión, y me confesó una debilidad con la que después le vacilaríamos en segundo, tercero y cuarto: Martes y 13.

Emulando a Martes y 13… ¿digamelón?

Pasó el tiempo, y fuimos haciéndonos buenos amigos. En Pamplona vivía en Burlada, un municipio a las afueras de la capital navarra, lo que le alejaba del cachondeo general y el entorno nocturno-universitario de Iturrama, el barrio más pegado a la facultad. Sus abuelos tienen un piso allí, un lugar tipicamente ‘abueril’, que diría mi hermana: muebles y decoración vetusta, motivos religiosos, cocina con fuego antiguo y un cuarto de baño de antes de la Segunda República. En invierno una pírrica estufilla eléctrica era su única defensa contra el invierno, que se colaba de lleno de entre las ventanas. Hombre fuerte, sin pijeríos, acostumbrado a no quejarse, sobrevivía con total dignidad a las incomodidades de la casa, que, por cierto, le salía gratis. Una vez, para que se puedan calibrar las condiciones vitales del lugar, Roberto y yo nos quedamos allí a dormir. Ambos nos despertamos al día siguiente con malestar general, irritación de garganta y principio de gripe. Borja estaba sano.

Actuando en una obra de teatro en Pamplona,
una de sus pasiones.

Pronto dejó en mi cuarto de Pamplona un par de mudas y un cepillo de dientes. Después de clase, comenzó a quedarse en nuestro piso con Roberto, Joseba y conmigo. Era uno más y aunque no pagaba alquiler, llegó a ser incluido en las rondas para fregar la pila de platos que se acumulaban. Hacía vida con nosotros y un día le aconsejé que se trajera un colchón, por su comodidad y salud. Había dormido hasta entonces en el sofá del salón en el que algunos fumaban porros, otros comíamos y todos jugábamos a la play.

En mi cuarto de Pamplona, en marzo de 2004.

Ha estado en prácticamente todos los buenos momentos laborales y personales. Hemos compartido viajes, programas de radio, medianoches tontas de martes tomando coca-cola en cualquier bar, escapadas madrileñas, navarras y pacenses, noches de grandes juergas en las que ambos volvíamos antes a casa y algún que otro vozka con limón. Llegó a vivir y trabajar a pocos metros de mí, en Badajoz, hablando de Deportes en prensa y televisión y demostrando que nada le asusta, que todo lo afronta, que tiene talento pero que, sobre todo, tiene ganas de trabajar.

Antes de un programa de radio, en la
Facultad de Comunicación de la uni.

He hablado aquí de mucha de la gente más importante en mi vida, pero me faltaba Borja, la persona que más puede ajustarse a la palabra ‘amigo’, uno de los pocos a los que puedo llamar en cualquier momento y a cualquier lugar y tengo la absoluta convicción de que no fallará.