“Palabras bonitas” para arreglar Somalia

Durante el 27 y el 28 de septiembre, el Ministerio de Asuntos Exteriores, con Miguel Ángel Moratinos a la cabeza, ha sido anfitrión de una cumbre internacional titulada ‘Grupo Internacional de Contacto para Somalia’. La participación del presidente del Gobierno de Transición de Somalia, Sharif Sheikh Ahmed, ha dado un toque exótico a la reunión. España ha acogido la cumbre porque los titulares siempre son bonitos el día después. Que si tantos millones de euros de ayuda, que si colaboración continua, diálogo entre todos los países para tratar de solucionar el problema… y así podría seguir hasta acabar el párrafo. No voy a ser yo quien descubra que los intereses españoles en la zona no son humanitarios ni caritativos. De la estabilidad de Somalia depende el control de sus costas, y del control de sus costas depende la erradicación de la piratería. Y de la erradicación de la piratería dependen cantidades industriales de dinero que se van por el desagüe de la seguridad y la protección. Y para que todos podamos comer atún.

En la rueda de prensa de hoy, después de esa retahíla de intenciones hechas públicas después del Coffee Break en la elegante Casa de América, me ha encantado la intervención de un periodista negro que trabaja para el servicio somalí de la BBC. “He acudido a muchas cumbres de este tipo y siempre me encuentro con las mismas conclusiones, las mismas intenciones simpáticas y las mismas palabras bonitas. Pero, díganme, ¿qué les digo yo a los ciudadanos que nos escuchan desde Somalia?”.

Habría que decirles que las milicias islámicas de Al Shabab, vinculadas a Al Qaeda, tiene a día de hoy el control de casi todos los rincones de la capital, Mogadiscio, y que la ofensiva ha llegado ya a 400 metros del Palacio Presidencial. Allí tendrá que volver el presidente, Sharif Sheikh, para ver cómo desfallece del todo esa pantomima de ‘gobierno’ y para morir con las botas puestas. Espero, de verdad, que no sea en sentido literal.

Seychelles

Por un momento, Borja y yo hemos hecho un pequeño lapsus entre veintitantas horas de recursos, descarga de pescado y decenas de entrevistas hablando de piratas, seguridad, secuestros y política para mirarnos a nosotros mismos. Para hacernos un pequeño homenaje, para enseñaros que, entre grabación y grabación, nosotros quisimos también convertirnos en protagonistas. Aquí dejo un breve resumen de nuestra provechosa estancia en las islas Seychelles. Lo veo y lo vuelvo a ver y, lo reconozco, no puedo dejar de esbozar una sonrisa boba. Trabajamos mucho, sí, pero también nos divertimos. De eso se trata, ¿no creéis?

Los últimos del Sahara

 

© Jon Cuesta

 

Chej tiene 45 años y ha pasado los últimos 27 en una silla de ruedas. Es paralítico de cintura para abajo por una bala que le alojaron los marroquíes en la columna vertebral en 1981 y que no pudieron quitarle hasta 10 años después. Su premio por la entrega a la causa saharaui es pasar el resto de las horas de su vida en un ruinoso hospital de heridos de guerra levantado en medio de la nada, a unos kilómetros de Rabuni y sólo accesible en todoterreno.

Tiene ojos claros, gesto tranquilo y seguridad en sus palabras. No se arrepiente de haber dado su vida en una guerra desigual, y afirma que volvería al frente de batalla incluso en silla de ruedas. “Marruecos no está decidido a resolver el conflicto”, sostiene. Cuando se le pregunta por la dificultad de reiniciar la lucha, no pestañea. “Para nosotros lo difícil no existe”, afirma. “Al principio quienes declararon la lucha armada eran 20 y no tenían munición, pero ahora el armamento se vende igual que la leche”.

Lejos de la fe ciega en los ideales, en la escuela ’17 de junio’ de Smara, cientos de niños sólo piensan en jugar, divertirse y, con un poco de suerte y buenas notas, visitar España en verano. Allí hay playa, piscina, videoconsola, ducha, tiendas y heladerías, y los niños aprenden a ver otro mundo distinto al de las cabras famélicas, las tormentas de arena y la ayuda humanitaria.

En las fotocopias de un sencillo libro de texto se traza de una manera muy básica la historia del pueblo saharaui. Un capítulo entero trata sobre el 26 de febrero, día de 1976 en que los españoles abandonaron el Sahara Occidental y el Frente Polisario proclamó la República Árabe Saharaui Democrática. Ni siquiera Hamed Dah, maestro de 34 años, consigue explicarnos qué pasó ese día. “No lo recuerdo”, se lamenta mientras cierra los ojos y hace esfuerzos por acordarse. Hamed no luchó en la guerra y ha pasado 15 años en Cuba estudiando Contabilidad. La causa le queda muy lejos.

Orígenes. El conflicto surgió en 1975, cuando Marruecos organizó la ‘Marcha Verde’ y 350.000 personas cruzaron la frontera saharaui orquestadas por el rey Hassan II. España cedió la administración del Sahara Occidental a Marruecos y Mauritania, y el Frente Polisario declaró la guerra mientras miles de saharauis huían con lo puesto de sus casas rumbo al desierto argelino, una vasta extensión de tierra y arena que el gobierno de Argelia prestó a los refugiados.

Sidi Mohamed, de 55 años, trabajaba en las ricas minas de fosfato de Al Aiún. Un buen día, la policía marroquí comenzó a sacar a los saharauis de sus casas para meterlos en la cárcel. Él consiguió escapar. “Anduvimos durante más de cien kilómetros por el desierto”, recuerda. Durante días apenas pudieron beber ni comer nada, hasta que llegó la ayuda del Frente Polisario y los más fuertes consiguieron llegar a Argelia. “Durante el trayecto recibimos ataques aéreos del ejército marroquí, y murió mucha gente”.  Atrás dejó su hogar, su familia, su paga mensual y unas tierras ricas y prósperas gracias a la actividad minera y a la pesca. “Nos vimos obligados a comenzar de cero y en un lugar inhóspito”, explica reflexivo antes de tomarse el té en su jaima del barrio Houza, en el campamento de refugiados de Smara.

Parte de su familia no pudo salir del territorio ocupado. Un hermano murió, otro sigue en la cárcel y Sidi no ha podido verles ni una sola vez desde 1975. Para un hombre como él que permaneció durante 15 años en el frente de batalla y recibió varios disparos en la cabeza, la causa saharaui sigue siendo el sentido de su vida. Aún hoy, convaleciente y con varias operaciones a sus espaldas, sigue estando dispuesto a dar la vida por su patria. “¿Cómo no voy a defender la casa de mi familia?”.

Viajamos a la malagueña localidad de Ronda. Hasana Ali, de 26 años, es un joven saharaui con marcado acento andaluz. En 1999 pudo colarse en España amparándose en sus problemas oculares y en un tratamiento que iba a recibir en Andalucía, y desde entonces sólo ha vuelto al Sahara de vacaciones. Estudió un curso de jardinería y trabajó de manera ilegal en un restaurante durante tres años. Después, le llegó la oportunidad de ‘legalizarse’ a través de un amigo propietario de una academia de idiomas. “Me hizo una oferta laboral para trabajar como profesor de árabe, y gracias a eso conseguí el permiso de residencia”. Después, todo fue más fácil. Trabajó de noche en una panadería, pasó a una churrería y ha acabado como jardinero en el circuito Ascari, en Ronda. Los 1.000 euros que gana al mes dan de sí para alquilar un piso, pagar el coche y, cuando se puede, enviar dinero a su madre y el resto de su familia. “Suelo ayudar en lo que puedo y hablo con ellos casi todas las semanas”, afirma.

A pesar de la estabilidad y las comodidades occidentales, Hasana sigue pensando en regresar si se pone fin a la ocupación marroquí. “Por supuesto que renunciaría a mi vida en España por volver al Sahara, pero tiene que arreglarse el problema”, matiza.

Allali-El Mami es otro saharaui en España. Trabaja como subdelegado de la Asociación de amigos del pueblo saharaui en Extremadura coordinando la ayuda humanitaria, los viajes de los niños y el reparto de las familias, y desde hace años vive junto a su mujer y sus dos hijos en Villanueva de la Serena (Badajoz).

Allali, que tiene DNI, pasaporte y nacionalidad española, confía en que el problema se va a solucionar y que tarde o temprano los marroquíes tendrán que marcharse de sus tierras. “Si no estuviéramos convencidos, nadie podría quedarse en el desierto tantos años”. En la zona ocupada se quedaron sus padres, a los que no ha visto en tres décadas a pesar de que las fronteras de Marruecos están abiertas para quien quiera regresar. “Cuando terminó la guerra, en 1992, tuve que elegir entre mi familia o mis principios. Me ofrecieron volver, pero jamás pienso hacerlo hasta que haya una solución digna”. Según Allali, la vida de los saharauis que no pudieron salir es durísima. “Si vuelves, te encuentras incluso con el odio y el rechazo de los compatriotas que no pudieron escapar de allí en 1975”, explica. “Consideran que es como rendirse”. Los saharauis que enferman no tienen confianza en los médicos marroquíes y prefieren morir en sus casas. Además, los barrios están llenos de policía secreta y no se puede hablar de política. “Si vives allí, tienes que aguantar y callar la boca”, sentencia.

Parece lógico que las nuevas generaciones de saharauis, que han conocido por sus viajes de verano el mundo real y que no tienen ninguna salida en los campamentos, traten de escapar de allí para trabajar en un país con horizontes de futuro. Lala, de 19 años, se dedica básicamente a pasar las horas tumbada junto a sus hermanas en la jaima y, cuando es necesario, ayudar a su madre en las tareas y en la cocina. De niña, cuando iba al colegio y no ocultaba su rostro bajo la melfa, viajó a Castilla-La Mancha con el programa solidario ‘Vacaciones en Paz’, y aunque no dispone de pasaporte, quiere volver allí para quedarse. La misma historia se repite con Mamuni Mamud, de 20 años. Todavía recuerda los partidos de fútbol y las fiestas en la discoteca de Maguilla (Badajoz), donde estuvo pasando los mejores veranos de su vida. En Houza, el barrio en el que viven, no hay actividad, y los jóvenes desesperan tratando de encontrar un trabajo al que agarrarse.

“El Frente Polisario no concibe que las nuevas generaciones no quieran vivir en el desierto, que prefieran otras cosas”, afirma Allali. “Tratamos de educar a los niños en esa idea porque todas las familias han perdido algún ser querido por culpa de la guerra”.

Le gustaría que sus hijos vivieran “en su país”, pero Allali no quiere hablarles aún de política y acaba reconociendo algo de pleno sentido común que se contrapone al deseo del Polisario: prefiere que hagan su futuro en España. Son las contradicciones de la causa 33 años y cuatro generaciones después de que estallara el conflicto.

[Reportaje inédito de mi viaje a los campamentos saharauis en Argelia, en marzo de 2008]

[Galería fotográfica]

Así nos va

Por desgracia, el periodista suele tropezarse más o menos veces con políticos, altos cargos de distintas administraciones y ochenta mil intermediarios entre jefes de gabinete, responsables de comunicación y asesores varios. Hay políticos que valen la pena y otros muchos que no valen nada. No sólo no valen, sino que no muestran ningún pudor en tratar de disimularlo.

En el post de hoy me apetece publicar un extracto original de una reciente entrevista a una persona que desde 1993 ha sido alto cargo en el gobierno de una comunidad autónoma de un lugar del que no quiero acordarme. Si alguien siente curiosidad por su nombre no tendré inconveniente en desvelarlo, pero no me gustaría quedarme en el hecho en sí. Por desgracia, sus respuestas, llenas de faltas ortográficas, incoherencias y evidencias de un profundo desconocimiento del campo por el que se le preguntaba (‘experto’ en redes sociales y nuevas tecnologías, llama a Twitter “Twister”) son el pan de cada día. Por suerte la entrevista no fue presencial. Con el cuestionario, el personaje en cuestión pudo pensar, repensar y consultar con su jefe de prensa -que se supone sí sabía escribir- las respuestas. Pues ni por esas.

El periodista es muchas cosas, entre otras editor de textos. Pero reescribir completamente respuestas de un analfabeto para que parezca un tío inteligente pone de mala leche. Y aunque lo tenemos que hacer, la libertad de un humilde blog en internet permite mostrar la trastienda. Permítidme que me desahogue aquí. Es por mi salud mental.

Ahí van varios extractos de sus respuestas:

“Se apostó con cuatro ideas claras: austeridad (época de crisis), calidad antes de cantidad (no queríamos superar los 10.000 participantes), abrirlo a las redes sociales, y lo más importantes que la ciudadanía tuviera su espacio en lo que entendemos por los servicios electrónicos (se puso en escena 11 servicios y hubo 10.700 visitantes). La estrella de la Plaza del Pilar fue el DNI electrónico, ya que los ciudadanos vieron su utilidad, nadie se acordaba de su contraseña”.

“Para mi personalmente, en un evento TIC como es el XXXXXXXX, el éxito ha sido las redes sociales, y al final las cifras son las que son: 223.786 impactos en Facebook, en tuitter 287.283, hubo momentos en que e través de la red había cerca de 7.000 personas viendo algunas de las ponencias o presentaciones. La retrasmisiones por Twister para las 4 salas se contabilizó 235.125 impactos. Hubo 300 Mb de ancho de banda concurrente durante las sesiones, con 10 minutos de tiempo medio en cada sesión, al final 150 Gbytes de tráfico consumidos”.

“no digo nada” (respuesta que dio a una de las preguntas del cuestionario, porque él lo vale)

“Creo que el ritmo lo va a marcar en los próximos años, las disponibilidades presupuestarias, lo que es importante es que las mejoras prácticas de cada Administración se puedan utilizar en otras, no hay que volver a inventar lo que otra ya ha trabajado. Hay que hacer lo mismo por menos, y sin olvidar que lo fácil es comprar tecnologías, lo difícil es implantarlas y ponerlas en uso”.

“Lo costoso de una Administración electrónica son: la conectividad, la evolución tecnológica de las herramientas (pasarela de pagos, registro telemático, sistema de notificaciones telemáticas, etc.), y su posterior mantenimiento”.

“Algunos ciudadanos no están preparados, pero los que tienen menos de 30 años se relacionaran con las Administraciones a través de la red, es como una tusami que nos pasara por encima. A los ciudadanos le falta perder el miedo a utilizar el DNI electrónico en sus transacciones, y que tengan claro que hay una seguridad física y jurídica en la utilización de la red en sus procedimientos administrativos. No debemos olvidar que la historia clínica o la receta electrónica ira por la red, si hay una fuga en la información que lleva, nos cargaremos la Ley 11, por eso insisto en la seguridad física. No se debe olvidar el papel que puede jugar la TDT”.

“La Ley 11 marca como un derecho el acceso electrónico a los procedimientos, por lo tanto los ciudadanos tienen el derecho desde cualquier lugar y en cualquier momento, ha preguntar “que ha de lo mío”. Los empleados públicos, quieran o no, le va afectar en su relación con los ciudadanos, y a la clase política también ya que tarde o temprano los gobiernos serán más abiertos, transparentes y participativos”.

“La brecha digital, tanto física como generacional y social, es uno de los desafíos de la e-administración, pero poco a poco se ira combatiéndola, sin olvidar que los funcionarios públicos pueden actuar en representación de los ciudadanos, previa autorización de los mismos”.

“Como en todo cambio, al principio te da un poco de yuyu, pero al cabo de dos meses se te pasa, aunque he de reconocer que es el reto más importante y más complejo que he tenido en mi vida laboral, espero hacerlo bien y no equivocarme mucho, ya que el que no se equivoca es porque no toma decisiones”.

“Creo me gustaría que quedase un buen poso, y digan pues, al final no lo hizo tan mal, porque lo importante no es la persona (nadie es imprescindible), son los equipos y las organizaciones en su conjunto”.

Lo dicho, respuestas de una persona que ha ostentado distintos altos cargos en administraciones públicas y que aún hoy tiene altas responsabilidades. Con alto salario.

El metro

10.05. Buena hora, creo. El metro irá vacío. Bajo las escaleras. Tetuán. El músico sonriente sonríe. Y se moja. Busco la cartera. Joder, se me acaba el bono de 10. Entro. “4 minutos”. Toca esperar. Rezo para sentarme. Estoy cansado. Camino hasta el final. Hago tiempo. Creo que el último vagón irá tranquilo. “1 minuto”. Miro el móvil. Pienso en algo. Pienso en nada. Aparece el convoy. Rezo para que vaya vacío. Ya son horas. No tengo suerte. Rezo por entrar. Me hago sitio. Amarro la barra superior. Pienso en nada. Estrecho. No baja nadie. Alvarado. Suben más. ¿Cabemos? Cuatro Caminos. Comido por servido. Ríos Rosas. Hago una foto. Iglesia. Sigo de pie. Bilbao. Ya queda menos. Tribunal. Fin de trayecto.