Según cómo se mire

Eastleigh es el barrio somalí de Nairobi. Pasear por sus calles es entrar en Somalia en la capital de Kenia. Es conocido como ‘Little Mogadishu’ [Mogadiscio es la capital somalí] y sobre este lugar recaen todo tipo de rumores oscuros más o menos ciertos y citados en varios informes de distintos organismos. Se dice que aquí, entre ruinas, agujeros interminables, baches y carreteras sin nombre, se blanquea el dinero de los rescates de los piratas. Se dice también que Al Shabab, la delegación que Al Qaeda ha abierto en el Cuerno de África, tiene entre sus interminables mercados una buena fuente de financiación. Todo esto puede ser más o menos cierto, sí, pero aquí viven más de 300.000 somalíes. Y no todos son malos.

Es un barrio con muy mala fama, calificado de peligroso y problemático. Pero cuando paseas con dos mujeres somalíes que van hablándote de lo que fue su país y van deteniéndose en cada puesto para explicarte que tal cosa es un artilugio típico o tal vestido colorido era el que se llevaba cuando eran pequeñas, esos somalíes que van de aquí para allá dejan de parecer ‘potenciales terroristas’ para convertirse en ‘exiliados’ que desgraciadamente tuvieron que dejar un país precioso que hoy está en ruinas.

Todo depende del prisma con el que se mire. Esto es una pequeña ciudad con sus ciudadanos peligrosos y su gran mayoría, gente humilde que sobrevive como puede en medio del caos.

Seychelles

Por un momento, Borja y yo hemos hecho un pequeño lapsus entre veintitantas horas de recursos, descarga de pescado y decenas de entrevistas hablando de piratas, seguridad, secuestros y política para mirarnos a nosotros mismos. Para hacernos un pequeño homenaje, para enseñaros que, entre grabación y grabación, nosotros quisimos también convertirnos en protagonistas. Aquí dejo un breve resumen de nuestra provechosa estancia en las islas Seychelles. Lo veo y lo vuelvo a ver y, lo reconozco, no puedo dejar de esbozar una sonrisa boba. Trabajamos mucho, sí, pero también nos divertimos. De eso se trata, ¿no creéis?

El metro

10.05. Buena hora, creo. El metro irá vacío. Bajo las escaleras. Tetuán. El músico sonriente sonríe. Y se moja. Busco la cartera. Joder, se me acaba el bono de 10. Entro. “4 minutos”. Toca esperar. Rezo para sentarme. Estoy cansado. Camino hasta el final. Hago tiempo. Creo que el último vagón irá tranquilo. “1 minuto”. Miro el móvil. Pienso en algo. Pienso en nada. Aparece el convoy. Rezo para que vaya vacío. Ya son horas. No tengo suerte. Rezo por entrar. Me hago sitio. Amarro la barra superior. Pienso en nada. Estrecho. No baja nadie. Alvarado. Suben más. ¿Cabemos? Cuatro Caminos. Comido por servido. Ríos Rosas. Hago una foto. Iglesia. Sigo de pie. Bilbao. Ya queda menos. Tribunal. Fin de trayecto.

Bolo

No me caía demasiado bien, quizá porque quería demasiado a Beltza y al principio lo veía como un sustituto que además sí que era de ‘marca’, como digo yo, y además era más guapo. Beltza creció conmigo, me escuchaba, me soportaba y me entendía. Todavía conservo en un costado de mi cuerpo una pequeña marca que me hicieron sus colmillos mientras jugaba con él, y mantengo en mi piso de Madrid una foto suya, para que sepa que me acuerdo de él allá donde esté.

Ahora tenemos a Bolo. Es un pastor alemán auténtico, precioso y muy educado. Al principio salió nervioso, pero mi padre le ha dedicado esfuerzos y alguna que otra clase de doma para hacerlo obediente. Y vaya que si lo ha logrado. Hoy hemos ido a caminar y le he sacado una foto. Hay que reconocerlo. Como dirían mis amigos extremeños, es un perro ‘apañao’.

La bella polución

Madrid-skyline

Hacía días que llevaba detrás de fotografíar los atardeceres de Madrid y su peculiar dibujo. Un daltónico como yo no sabría concretar el color, pero distingue de sobra su peculiaridad. Me dijeron después que el tono lo coloreaba la polución, y el ‘bello atardecer’ se quedó en ‘bella polución’. No sé dónde estoy metido, pero la imagen me gustó y os la enseño. Está tomada en la rotonda que separa Hortaleza de Sanchinarro. ¡Ah! Aún no sé cuál es el color del horizonte. ¿Vosotros lo sabéis?

Recuerdos de Gal

Aún recuerdo ese campo. Cuando soñaba con ser periodista, quizá con 7 u 8 años, bajaba por las escaleras de la vieja tribuna del Stadium Gal y me apoyaba sobre una pared a ver el partido. Cerquita, Xabier Gezala, de Radio Irún, locutaba con emoción desmedida aquellas jugadas de Tercera División, entre bostezos de 5 de la tarde del domingo y una neblina con olor a puro, de esos largos que duraban todo el partido. Yo era demasiado pequeño para atender al partido. Al lado de aquel estadio había un campo de tierra donde los niños preferíamos disfrutar de nuestro propio partido, de manera paralela al partido de los mayores. Tan cerca jugábamos de ellos que a veces, sin quererlo, el balón se nos colaba en el campo grande, y el árbitro tenía que detener el juego.

Ascenso

Mi padre me hizo socio mucho antes de que, por edad, tuviera que pagar la entrada, y siempre digo orgulloso que si me muero cuando me tengo que morir, a eso de los 80 ó 90 años, llegaré a ser el socio número 1, y quizá salga al renovado estadio con bastón a recibir una insignia de oro y brillantes. Cosas mías.

Aquella fue la época en que mi padre me fue enganchando al Real Unión, con premeditación y alevosía, hasta que la rutina fue convirtiéndose en afición. Sin yo saberlo entonces, él pretendía que padre e hijo tuvieran su propio espacio, planes en común. Hoy se lo agradezco de corazón porque fuera el Sestao River o el Real Madrid (que también jugó ante el Unión), acabé comprendiendo lo más importante de aquello: estar juntos.

En 2005

Llorando

jon-badajoz

Es probable que llegara a Badajoz demasiado pronto. No había cumplido 22 años cuando aterricé en el aeropuerto que hasta entonces ni siquiera sabía que existía. Arrancaba julio y según bajaba las escalerillas, me di cuenta de que había más Españas de las que yo conocía. Y muy distintas.

Podría haber 40 grados fuera, pero dentro del taxi la temperatura era mayor. “A Badajoz la gente viene llorando, pero se va llorando”. Me lo dijo el taxista, que me debió ver la cara. En los 20 minutos hasta el periódico me trazó un rápido esbozo de aquella ciudad que trataba de vislumbrar por la ventanilla entre la ignorancia, el nerviosismo y el sol que ahogaba el mediodía.

Los primeros días fueron duros. No conocía a nadie, el periódico tenía poca actividad en aquellos inicios de verano y el calor era insoportable en aquel habitáculo de 20 euros-día-sin aire acondicionado en el que fui a caer. Era un hostal regentado por un señor cincuentón, con un deje cerrado que me costaba entender. Recuerdo que me dio un plano de la ciudad y marcó a boli algunos puntos en los que podía vivir. Tenía que encontrar un piso en alquiler, y durante cuatro días ése fue mi cometido hasta que di con uno que cumplía las características: nuevo, dos habitaciones, aire acondicionado y garaje.

Los primeros días fueron a cámara lenta, pero los siguientes tres años y medio volaron sin darme cuenta. En el plano profesional ayudé al periódico, pero el periódico me ayudó más a mí. En el personal, tampoco pudo ir mejor. Conocí a personas excepcionales que me hicieron sentir querido y que me abrieron las puertas a Extremadura, la tierra de mis padres y mis abuelos. Viajé por decenas de pueblos, conocí a sus gentes y, por qué no, presumí de mi condición de vasco con sangre extremeña.

Estoy seguro de que si hubiera caído en aquel paraíso vital algo más mayor, quizá me hubiera quedado. Era demasiado joven para renunciar a seguir aprendiendo, pero aquel taxista tenía razón. Nunca lo hubiera imaginado, pero yo también me fui llorando.