Uno entre 370.000

Hassan Bashir Ahmed. 22 años. Natural de Kismayo, capital de Lower Juba, sur de Somalia. Es el nombre propio de uno de los 370.000 habitantes del campo de refugiados de Dadaab. Parece formal, sereno, trabajador. Nació en 1989 pero ya ha vivido más de lo que muchos viven en toda su vida. Cuando escuchas su historia, una de tantas, te das cuenta de que el Primer Mundo está loco. Nos quejamos por cosas insólitas. Gilipolleces que me daría vergüenza explicarle a Hassan. Gilipolleces de las que yo mismo me he quejado muchas veces. Gilipolleces de las que espero no volver a quejarme en mi vida. Por respeto a Hassan.

Y es que Hassan, con 10 años, tuvo que presenciar cómo unos milicianos armados disparaban a su padre -agricultor- cuando se negó a dar lo que le pedían. Sus hermanos consiguieron llevarle a casa, pero esa misma noche murió. La mañana siguiente, Hassan tuvo que huir de su hogar junto a sus cinco hermanos y su madre enferma. Sin equipaje, con lo puesto y a pie, perseguidos por la pobreza, las milicias, la guerra. El objetivo era llegar a la frontera con Kenia. Pocos días antes de alcanzarla, durante el trayecto, su madre empeoró y falleció. El empuje de la guerra obligó a los hermanos a dejarla en la cuneta, sin poder siquiera enterrarla dignamente y darle un último adiós.

Hassan era un niño cuando llegó a Dadaab. Un huérfano que ya había visto muchas cosas. Hoy es un hombre fuerte, un superviviente. Ha estudiado en la escuela (apenas el 30% lo hace en los campos) y su responsabilidad y ganas de seguir adelante le han hecho trabajar ahora para UNHCR-ACNUR cuando se le requiere. Su ilusión es poder recibir estudios superiores en el extranjero. Estoy convencido de que lo hará. Para él, lo peor ya ha pasado. Los recuerdos son imborrables, pero Hassan siempre mira hacia adelante. Y aún le queda toda una vida. Suerte, amigo.

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Según cómo se mire

Eastleigh es el barrio somalí de Nairobi. Pasear por sus calles es entrar en Somalia en la capital de Kenia. Es conocido como ‘Little Mogadishu’ [Mogadiscio es la capital somalí] y sobre este lugar recaen todo tipo de rumores oscuros más o menos ciertos y citados en varios informes de distintos organismos. Se dice que aquí, entre ruinas, agujeros interminables, baches y carreteras sin nombre, se blanquea el dinero de los rescates de los piratas. Se dice también que Al Shabab, la delegación que Al Qaeda ha abierto en el Cuerno de África, tiene entre sus interminables mercados una buena fuente de financiación. Todo esto puede ser más o menos cierto, sí, pero aquí viven más de 300.000 somalíes. Y no todos son malos.

Es un barrio con muy mala fama, calificado de peligroso y problemático. Pero cuando paseas con dos mujeres somalíes que van hablándote de lo que fue su país y van deteniéndose en cada puesto para explicarte que tal cosa es un artilugio típico o tal vestido colorido era el que se llevaba cuando eran pequeñas, esos somalíes que van de aquí para allá dejan de parecer ‘potenciales terroristas’ para convertirse en ‘exiliados’ que desgraciadamente tuvieron que dejar un país precioso que hoy está en ruinas.

Todo depende del prisma con el que se mire. Esto es una pequeña ciudad con sus ciudadanos peligrosos y su gran mayoría, gente humilde que sobrevive como puede en medio del caos.

Cortar la inocencia

Leyla jamás podrá ser feliz. Tiene 10 años, y desde hace un mes mantiene inamovible ese gesto indiferente, esa mirada perdida. Vive sin apenas moverse, con las piernas juntas y estiradas, en una cabaña de un barrio de Garissa, al este de Kenia. Desde hace un mes se recupera del doloroso corte que marcará el resto de su vida: la ablación.

Aunque desde 1995 su práctica está totalmente prohibida en Kenia, la mutilación genital femenina sigue realizándose de forma clandestina por la población somalí y por no pocas regiones en el mundo. Según esta costumbre, una niña tiene que pasar por ello para estar purificada, para no poder llegar a experimentar el placer sexual, para esperar a ese marido impuesto con el que se casará y no poder siquiera sentir otra tentación. Es la programación de la vida de la mujer desde niña, la sumisión y el cumplimiento de sus obligaciones.

Leyla jamás será feliz. Pero Leyla está viva. Las condiciones deplorables en que se realizan este tipo de actos clandestinos provoca numerosas infecciones y pérdida de sangre que lleva incluso a la muerte de muchas niñas. Son víctimas sin certificado de nacimiento, víctimas que nacen y mueren sin que haya constancia de su existencia. El miedo a llevarlas al médico por estos problemas legales hace que tras su fallecimiento, la propia familia tenga que enterrar a la niña en cualquier lugar. En Garissa existe este tipo de tumbas ‘fantasma’ que evidencian el horror de la ablación.

Asha

Nos vimos por primera vez en una cafetería de Parla. Yo andaba obsesionado con Somalia y buscaba somalíes que vivieran en España. Y a pesar de que hay pocos -la mayoría recalan en Reino Unido y los países nórdicos-, su nombre apareció en Google. Y aceptó sin dudar mi invitación al café.

Nos caímos bien desde el principio, y accedió sin problemas a que abusara de su tiempo con traducciones, llamadas a Somalia y muchas explicaciones sobre su país a muchas preguntas de un ignorante servidor.

Fui descubriendo a una mujer trabajadora, a una madre luchadora y a una africana involucrada, de las que no entienden la vida desde el sofá de su casa. Una mujer de acción que aún está al frente de la asociación somalí en España y que lleva años luchando contra la mutilación genital femenina, muy extendida todavía en África y otras partes del mundo. De hecho, está a punto de relanzar la asociación Save a Girl Save a Generation, precisamente para luchar a favor de los derechos de las niñas que sufren cualquier tipo de maltrato.

Como mujer somalí que escapó de su país al estallar el conflicto hace más de 20 años, sus sentimientos sobre el terreno en los campos de refugiados de Dadaab han sido profundos, con tantos compatriotas desesperados contando historias de horror y guerra.

En uno de los colegios de los campos de refugiados, pidió voluntariamente dar una breve charla a los chavales para animarles en ese entorno general sin esperanza. Contó su historia -ella estuvo interna en Dadaab y consiguió un futuro a pesar de su origen- y animó a los chicos a que no se crean menos que nadie, a confiar en sus posibilidades y a luchar. Fue un discurso improvisado y emocionante que bien podría haberse titulado ‘nothing is impossible’, una frase que ella suele repetir a menudo.

Su contribución ha sido traducir, sí, pero sobre todo ha sido escuchar. Porque esa gente necesitan que se les escuche, y Asha sabe escuchar.

El mzungu y el bus africano

 

Hoy hemos abandonado Dadaab, ese pequeño pueblo desértico cercano a Somalia que sirve como cuartel general a Acnur y otras organizaciones que dan cobertura a los casi 400.000 refugiados somalíes que se amontonan en los alrededores. Nuestro destino, Garissa, es la capital de North Eastern Province, una jurisdicción que tiene una característica general: es una continuación de Somalia. En la división postcolonial se dibujaron algunas líneas del mapa a ojo. Y Kenia se quedó con un buen puñado de tierra donde sólo se habla somalí y donde sólo se ve la etnia somalí, muy distinta a la keniana. Asha nos contaba que muchos funcionarios kenianos eran enviados a trabajar aquí como escarmiento cuando eran castigados. Y el trato policial en esta zona es mucho más estricto que en otros lugares del país y los controles, muy habituales en toda la provincia.

Aquí nos dirigíamos esta mañana en un autobús que supuestamente iba a salir a las 9. Cuando sufres un viaje en bus africano una vez todo puede llegar a ser hasta divertido. Como mzungu (manera en que se nos denomina a los blancos aquí), tu color de piel da un toque exótico a un autobús abarrotado de negros poco acostumbrados a vernos en ese hábitat. Me sorprenden varias cosas, a pesar de que esto sea África. La primera y fundamental: no se deberían poder vender más número de billetes que asientos tiene el bus. Y la segunda. No es tan difícil marcar una hora de salida y tratar de salir a esa hora, entre quien entre.

Nuestro autobús salía a las 9 y ha acabado saliendo a las 11. Es un trayecto relativamente corto aunque muy sinuoso y bacheado por el desierto. Ni un solo metro de asfalto. Pero se realizaban paradas cada cierto rato, y por los motivos más diversos. Nada más salir, hemos estado parados media hora porque había que descargar y cargar sacos y bultos. Después, en otra aldea, un señor se ha subido para buscar a su mujer, que había huido con el hijo en brazos harto de él. A unos cientos de metros ha encontrado a la mujer. El bus ha parado a su lado, el marido ha bajado, y mientras todos los pasajeros curioseábamos por las ventanas, él trataba de convencerla a ella que no huyera. Al final se han dado media vuelta y, cogidos de la mano, han vuelto al pueblo reconciliados.

También ha habido controles policiales. Kenia tiene mucho miedo a la infiltración de los terroristas somalíes de Al Shabab en su país. De hecho, se ha llevado detenido a un sospechoso muy cerquita de nosotros. Por otra parte, la policía vigila que ningún refugiado se cuele en los autobuses. La presión  de quienes huyen de Somalia hace que muchos no se conformen con buscar suerte en los campos de refugiados y quieran llegar a ciudades kenianas para buscar un futuro mejor.

El bus ha acabado llegando un poco antes de las 4 de la tarde después de mil incidencias y un viaje de locos. Por lo menos para un mzungu.

Emergencia: Dadaab

El niño somalí que he visto hoy en el campo de refugiados de Dadaab podría ser el mismo que fotografió hace ya 17 años en una aldea de Sudán el fotógrafo Kevin Carter. Es duro pensar que tantos años después pueda seguir haciéndose la misma fotografía, con las mismas caras de sufrimiento, los mismos sueños rotos, la misma desesperación.

El campo de refugiados de Dadaab, en la frontera entre Somalia y Kenia, es una dramática colección de historias de supervivencia huyendo de las bombas, de la sequía, la hambruna y de un nuevo y temido enemigo: los terroristas islamistas de Al Shabab. Nadie en los campos quiere pronunciar su nombre, pero todos hacen referencia al terror que están sembrando en una población castigada ya por 20 años de guerra ininterrumpida.

La cifra de refugiados alcanza ya los 370.000, en un lugar habilitado en un principio para 90.000. Faltan espacio y recursos en un trocito de desierto que estaba concebido como temporal y que ha cumplido ya 20 años. La comida no llega para todos, sólo el 30% de los niños están escolarizados y los recién llegados tienen ya que amontonarse fuera de las vallas de los campos, en chabolas improvisadas en las que todo se reduce a poder llegar con vida al día siguiente.

No tienen identidad, no tienen libertad, ni esperanza remota de poder mejorar por el momento su situación. Pero aún así les compensa el viaje. Han dejado de oir el ruido de la guerra.

Los últimos del Sahara

 

© Jon Cuesta

 

Chej tiene 45 años y ha pasado los últimos 27 en una silla de ruedas. Es paralítico de cintura para abajo por una bala que le alojaron los marroquíes en la columna vertebral en 1981 y que no pudieron quitarle hasta 10 años después. Su premio por la entrega a la causa saharaui es pasar el resto de las horas de su vida en un ruinoso hospital de heridos de guerra levantado en medio de la nada, a unos kilómetros de Rabuni y sólo accesible en todoterreno.

Tiene ojos claros, gesto tranquilo y seguridad en sus palabras. No se arrepiente de haber dado su vida en una guerra desigual, y afirma que volvería al frente de batalla incluso en silla de ruedas. “Marruecos no está decidido a resolver el conflicto”, sostiene. Cuando se le pregunta por la dificultad de reiniciar la lucha, no pestañea. “Para nosotros lo difícil no existe”, afirma. “Al principio quienes declararon la lucha armada eran 20 y no tenían munición, pero ahora el armamento se vende igual que la leche”.

Lejos de la fe ciega en los ideales, en la escuela ’17 de junio’ de Smara, cientos de niños sólo piensan en jugar, divertirse y, con un poco de suerte y buenas notas, visitar España en verano. Allí hay playa, piscina, videoconsola, ducha, tiendas y heladerías, y los niños aprenden a ver otro mundo distinto al de las cabras famélicas, las tormentas de arena y la ayuda humanitaria.

En las fotocopias de un sencillo libro de texto se traza de una manera muy básica la historia del pueblo saharaui. Un capítulo entero trata sobre el 26 de febrero, día de 1976 en que los españoles abandonaron el Sahara Occidental y el Frente Polisario proclamó la República Árabe Saharaui Democrática. Ni siquiera Hamed Dah, maestro de 34 años, consigue explicarnos qué pasó ese día. “No lo recuerdo”, se lamenta mientras cierra los ojos y hace esfuerzos por acordarse. Hamed no luchó en la guerra y ha pasado 15 años en Cuba estudiando Contabilidad. La causa le queda muy lejos.

Orígenes. El conflicto surgió en 1975, cuando Marruecos organizó la ‘Marcha Verde’ y 350.000 personas cruzaron la frontera saharaui orquestadas por el rey Hassan II. España cedió la administración del Sahara Occidental a Marruecos y Mauritania, y el Frente Polisario declaró la guerra mientras miles de saharauis huían con lo puesto de sus casas rumbo al desierto argelino, una vasta extensión de tierra y arena que el gobierno de Argelia prestó a los refugiados.

Sidi Mohamed, de 55 años, trabajaba en las ricas minas de fosfato de Al Aiún. Un buen día, la policía marroquí comenzó a sacar a los saharauis de sus casas para meterlos en la cárcel. Él consiguió escapar. “Anduvimos durante más de cien kilómetros por el desierto”, recuerda. Durante días apenas pudieron beber ni comer nada, hasta que llegó la ayuda del Frente Polisario y los más fuertes consiguieron llegar a Argelia. “Durante el trayecto recibimos ataques aéreos del ejército marroquí, y murió mucha gente”.  Atrás dejó su hogar, su familia, su paga mensual y unas tierras ricas y prósperas gracias a la actividad minera y a la pesca. “Nos vimos obligados a comenzar de cero y en un lugar inhóspito”, explica reflexivo antes de tomarse el té en su jaima del barrio Houza, en el campamento de refugiados de Smara.

Parte de su familia no pudo salir del territorio ocupado. Un hermano murió, otro sigue en la cárcel y Sidi no ha podido verles ni una sola vez desde 1975. Para un hombre como él que permaneció durante 15 años en el frente de batalla y recibió varios disparos en la cabeza, la causa saharaui sigue siendo el sentido de su vida. Aún hoy, convaleciente y con varias operaciones a sus espaldas, sigue estando dispuesto a dar la vida por su patria. “¿Cómo no voy a defender la casa de mi familia?”.

Viajamos a la malagueña localidad de Ronda. Hasana Ali, de 26 años, es un joven saharaui con marcado acento andaluz. En 1999 pudo colarse en España amparándose en sus problemas oculares y en un tratamiento que iba a recibir en Andalucía, y desde entonces sólo ha vuelto al Sahara de vacaciones. Estudió un curso de jardinería y trabajó de manera ilegal en un restaurante durante tres años. Después, le llegó la oportunidad de ‘legalizarse’ a través de un amigo propietario de una academia de idiomas. “Me hizo una oferta laboral para trabajar como profesor de árabe, y gracias a eso conseguí el permiso de residencia”. Después, todo fue más fácil. Trabajó de noche en una panadería, pasó a una churrería y ha acabado como jardinero en el circuito Ascari, en Ronda. Los 1.000 euros que gana al mes dan de sí para alquilar un piso, pagar el coche y, cuando se puede, enviar dinero a su madre y el resto de su familia. “Suelo ayudar en lo que puedo y hablo con ellos casi todas las semanas”, afirma.

A pesar de la estabilidad y las comodidades occidentales, Hasana sigue pensando en regresar si se pone fin a la ocupación marroquí. “Por supuesto que renunciaría a mi vida en España por volver al Sahara, pero tiene que arreglarse el problema”, matiza.

Allali-El Mami es otro saharaui en España. Trabaja como subdelegado de la Asociación de amigos del pueblo saharaui en Extremadura coordinando la ayuda humanitaria, los viajes de los niños y el reparto de las familias, y desde hace años vive junto a su mujer y sus dos hijos en Villanueva de la Serena (Badajoz).

Allali, que tiene DNI, pasaporte y nacionalidad española, confía en que el problema se va a solucionar y que tarde o temprano los marroquíes tendrán que marcharse de sus tierras. “Si no estuviéramos convencidos, nadie podría quedarse en el desierto tantos años”. En la zona ocupada se quedaron sus padres, a los que no ha visto en tres décadas a pesar de que las fronteras de Marruecos están abiertas para quien quiera regresar. “Cuando terminó la guerra, en 1992, tuve que elegir entre mi familia o mis principios. Me ofrecieron volver, pero jamás pienso hacerlo hasta que haya una solución digna”. Según Allali, la vida de los saharauis que no pudieron salir es durísima. “Si vuelves, te encuentras incluso con el odio y el rechazo de los compatriotas que no pudieron escapar de allí en 1975”, explica. “Consideran que es como rendirse”. Los saharauis que enferman no tienen confianza en los médicos marroquíes y prefieren morir en sus casas. Además, los barrios están llenos de policía secreta y no se puede hablar de política. “Si vives allí, tienes que aguantar y callar la boca”, sentencia.

Parece lógico que las nuevas generaciones de saharauis, que han conocido por sus viajes de verano el mundo real y que no tienen ninguna salida en los campamentos, traten de escapar de allí para trabajar en un país con horizontes de futuro. Lala, de 19 años, se dedica básicamente a pasar las horas tumbada junto a sus hermanas en la jaima y, cuando es necesario, ayudar a su madre en las tareas y en la cocina. De niña, cuando iba al colegio y no ocultaba su rostro bajo la melfa, viajó a Castilla-La Mancha con el programa solidario ‘Vacaciones en Paz’, y aunque no dispone de pasaporte, quiere volver allí para quedarse. La misma historia se repite con Mamuni Mamud, de 20 años. Todavía recuerda los partidos de fútbol y las fiestas en la discoteca de Maguilla (Badajoz), donde estuvo pasando los mejores veranos de su vida. En Houza, el barrio en el que viven, no hay actividad, y los jóvenes desesperan tratando de encontrar un trabajo al que agarrarse.

“El Frente Polisario no concibe que las nuevas generaciones no quieran vivir en el desierto, que prefieran otras cosas”, afirma Allali. “Tratamos de educar a los niños en esa idea porque todas las familias han perdido algún ser querido por culpa de la guerra”.

Le gustaría que sus hijos vivieran “en su país”, pero Allali no quiere hablarles aún de política y acaba reconociendo algo de pleno sentido común que se contrapone al deseo del Polisario: prefiere que hagan su futuro en España. Son las contradicciones de la causa 33 años y cuatro generaciones después de que estallara el conflicto.

[Reportaje inédito de mi viaje a los campamentos saharauis en Argelia, en marzo de 2008]

[Galería fotográfica]