Los últimos del Sahara

 

© Jon Cuesta

 

Chej tiene 45 años y ha pasado los últimos 27 en una silla de ruedas. Es paralítico de cintura para abajo por una bala que le alojaron los marroquíes en la columna vertebral en 1981 y que no pudieron quitarle hasta 10 años después. Su premio por la entrega a la causa saharaui es pasar el resto de las horas de su vida en un ruinoso hospital de heridos de guerra levantado en medio de la nada, a unos kilómetros de Rabuni y sólo accesible en todoterreno.

Tiene ojos claros, gesto tranquilo y seguridad en sus palabras. No se arrepiente de haber dado su vida en una guerra desigual, y afirma que volvería al frente de batalla incluso en silla de ruedas. “Marruecos no está decidido a resolver el conflicto”, sostiene. Cuando se le pregunta por la dificultad de reiniciar la lucha, no pestañea. “Para nosotros lo difícil no existe”, afirma. “Al principio quienes declararon la lucha armada eran 20 y no tenían munición, pero ahora el armamento se vende igual que la leche”.

Lejos de la fe ciega en los ideales, en la escuela ’17 de junio’ de Smara, cientos de niños sólo piensan en jugar, divertirse y, con un poco de suerte y buenas notas, visitar España en verano. Allí hay playa, piscina, videoconsola, ducha, tiendas y heladerías, y los niños aprenden a ver otro mundo distinto al de las cabras famélicas, las tormentas de arena y la ayuda humanitaria.

En las fotocopias de un sencillo libro de texto se traza de una manera muy básica la historia del pueblo saharaui. Un capítulo entero trata sobre el 26 de febrero, día de 1976 en que los españoles abandonaron el Sahara Occidental y el Frente Polisario proclamó la República Árabe Saharaui Democrática. Ni siquiera Hamed Dah, maestro de 34 años, consigue explicarnos qué pasó ese día. “No lo recuerdo”, se lamenta mientras cierra los ojos y hace esfuerzos por acordarse. Hamed no luchó en la guerra y ha pasado 15 años en Cuba estudiando Contabilidad. La causa le queda muy lejos.

Orígenes. El conflicto surgió en 1975, cuando Marruecos organizó la ‘Marcha Verde’ y 350.000 personas cruzaron la frontera saharaui orquestadas por el rey Hassan II. España cedió la administración del Sahara Occidental a Marruecos y Mauritania, y el Frente Polisario declaró la guerra mientras miles de saharauis huían con lo puesto de sus casas rumbo al desierto argelino, una vasta extensión de tierra y arena que el gobierno de Argelia prestó a los refugiados.

Sidi Mohamed, de 55 años, trabajaba en las ricas minas de fosfato de Al Aiún. Un buen día, la policía marroquí comenzó a sacar a los saharauis de sus casas para meterlos en la cárcel. Él consiguió escapar. “Anduvimos durante más de cien kilómetros por el desierto”, recuerda. Durante días apenas pudieron beber ni comer nada, hasta que llegó la ayuda del Frente Polisario y los más fuertes consiguieron llegar a Argelia. “Durante el trayecto recibimos ataques aéreos del ejército marroquí, y murió mucha gente”.  Atrás dejó su hogar, su familia, su paga mensual y unas tierras ricas y prósperas gracias a la actividad minera y a la pesca. “Nos vimos obligados a comenzar de cero y en un lugar inhóspito”, explica reflexivo antes de tomarse el té en su jaima del barrio Houza, en el campamento de refugiados de Smara.

Parte de su familia no pudo salir del territorio ocupado. Un hermano murió, otro sigue en la cárcel y Sidi no ha podido verles ni una sola vez desde 1975. Para un hombre como él que permaneció durante 15 años en el frente de batalla y recibió varios disparos en la cabeza, la causa saharaui sigue siendo el sentido de su vida. Aún hoy, convaleciente y con varias operaciones a sus espaldas, sigue estando dispuesto a dar la vida por su patria. “¿Cómo no voy a defender la casa de mi familia?”.

Viajamos a la malagueña localidad de Ronda. Hasana Ali, de 26 años, es un joven saharaui con marcado acento andaluz. En 1999 pudo colarse en España amparándose en sus problemas oculares y en un tratamiento que iba a recibir en Andalucía, y desde entonces sólo ha vuelto al Sahara de vacaciones. Estudió un curso de jardinería y trabajó de manera ilegal en un restaurante durante tres años. Después, le llegó la oportunidad de ‘legalizarse’ a través de un amigo propietario de una academia de idiomas. “Me hizo una oferta laboral para trabajar como profesor de árabe, y gracias a eso conseguí el permiso de residencia”. Después, todo fue más fácil. Trabajó de noche en una panadería, pasó a una churrería y ha acabado como jardinero en el circuito Ascari, en Ronda. Los 1.000 euros que gana al mes dan de sí para alquilar un piso, pagar el coche y, cuando se puede, enviar dinero a su madre y el resto de su familia. “Suelo ayudar en lo que puedo y hablo con ellos casi todas las semanas”, afirma.

A pesar de la estabilidad y las comodidades occidentales, Hasana sigue pensando en regresar si se pone fin a la ocupación marroquí. “Por supuesto que renunciaría a mi vida en España por volver al Sahara, pero tiene que arreglarse el problema”, matiza.

Allali-El Mami es otro saharaui en España. Trabaja como subdelegado de la Asociación de amigos del pueblo saharaui en Extremadura coordinando la ayuda humanitaria, los viajes de los niños y el reparto de las familias, y desde hace años vive junto a su mujer y sus dos hijos en Villanueva de la Serena (Badajoz).

Allali, que tiene DNI, pasaporte y nacionalidad española, confía en que el problema se va a solucionar y que tarde o temprano los marroquíes tendrán que marcharse de sus tierras. “Si no estuviéramos convencidos, nadie podría quedarse en el desierto tantos años”. En la zona ocupada se quedaron sus padres, a los que no ha visto en tres décadas a pesar de que las fronteras de Marruecos están abiertas para quien quiera regresar. “Cuando terminó la guerra, en 1992, tuve que elegir entre mi familia o mis principios. Me ofrecieron volver, pero jamás pienso hacerlo hasta que haya una solución digna”. Según Allali, la vida de los saharauis que no pudieron salir es durísima. “Si vuelves, te encuentras incluso con el odio y el rechazo de los compatriotas que no pudieron escapar de allí en 1975”, explica. “Consideran que es como rendirse”. Los saharauis que enferman no tienen confianza en los médicos marroquíes y prefieren morir en sus casas. Además, los barrios están llenos de policía secreta y no se puede hablar de política. “Si vives allí, tienes que aguantar y callar la boca”, sentencia.

Parece lógico que las nuevas generaciones de saharauis, que han conocido por sus viajes de verano el mundo real y que no tienen ninguna salida en los campamentos, traten de escapar de allí para trabajar en un país con horizontes de futuro. Lala, de 19 años, se dedica básicamente a pasar las horas tumbada junto a sus hermanas en la jaima y, cuando es necesario, ayudar a su madre en las tareas y en la cocina. De niña, cuando iba al colegio y no ocultaba su rostro bajo la melfa, viajó a Castilla-La Mancha con el programa solidario ‘Vacaciones en Paz’, y aunque no dispone de pasaporte, quiere volver allí para quedarse. La misma historia se repite con Mamuni Mamud, de 20 años. Todavía recuerda los partidos de fútbol y las fiestas en la discoteca de Maguilla (Badajoz), donde estuvo pasando los mejores veranos de su vida. En Houza, el barrio en el que viven, no hay actividad, y los jóvenes desesperan tratando de encontrar un trabajo al que agarrarse.

“El Frente Polisario no concibe que las nuevas generaciones no quieran vivir en el desierto, que prefieran otras cosas”, afirma Allali. “Tratamos de educar a los niños en esa idea porque todas las familias han perdido algún ser querido por culpa de la guerra”.

Le gustaría que sus hijos vivieran “en su país”, pero Allali no quiere hablarles aún de política y acaba reconociendo algo de pleno sentido común que se contrapone al deseo del Polisario: prefiere que hagan su futuro en España. Son las contradicciones de la causa 33 años y cuatro generaciones después de que estallara el conflicto.

[Reportaje inédito de mi viaje a los campamentos saharauis en Argelia, en marzo de 2008]

[Galería fotográfica]

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