Anemias del desierto (Sahara, 2)

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Foto: Lucas García ‘Garra’

A los saharauis les llega comida. No viven en la abundancia, pero comen más que en Ruanda o Etiopía gracias a la ayuda humanitaria que llega principalmente de España e Italia. “La desgracia es que los niños se mueren desnutridos habiendo comida”. Es Cristina, una cooperante gallega que pasa temporadas en un edificio de protocolo en Smara. Al parecer, la desidia generalizada y el desconocimiento de los refugiados hace que las madres, por ejemplo, no alimenten correctamente a sus hijos. “Siempre se hace lo que ellos quieren”, dice. “Comen cuando tienen hambre y después se pasan toda la tarde jugando en la calle. Cuando llegan por la noche caen dormidos hasta el día siguiente, saltándose la merienda y la cena”.

No quiero dar a entender que les sobre la comida. De hecho, la única puerta que está cerrada con un candado es la del frigorífico, y la mayoría de los niños padecen anemia, una deficiencia nutritiva relacionada con la falta de hierro. Les llega mucho arroz, pero no conocen el pescado fresco. Yo no pasé hambre, aunque acabé aburriéndome: básicamente, comí arroz, kuxkux (a medio camino entre el arroz y la sopa), camello y cabra. A los pocos días, cada jornada se parecía más a la anterior. Son las cosas del desierto y su rutina. Es imposible escapar del terrible bucle de hacer todo el día lo mismo. Nada.

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