Pamplona

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Cuando vuelvo a Pamplona siento que no ha pasado el tiempo. Sin duda, ha sido una ciudad importantísima en mi vida. Fue allí donde viví de forma independiente por primera vez. Donde empecé de cero, aquel sábado de septiembre en el que mis padres me dejaron a mí y a mis pantalones cortos en un colegio mayor junto a otros cientos de chicos asustados, como yo. “Me llamo Jon Cuesta, y voy a hacer Periodismo”. Y una y otra vez nos preguntábamos los nombres, hasta que empezamos a memorizar toda esa información mezclada con las primeras clases universitarias.

Volví a Pamplona la semana pasada, porque sí. La excusa era una charla en la que participaba Roberto sobre el proyecto fin de carrera, pero la razón principal era la nostalgia. Según el propio Rob en un mail que nos cruzamos, el plan era “un sábado nocturno, un domingo de sueño mañanero y tarde de morriña que continuará durante la mañana del lunes que habrá que visitar la uni”.

Llegué el sábado junto a dos grandes amigos, Borja y Roberto, y quizá fue por eso por lo que fue tan especial. He repetido muchas veces que en mi caso, los amigos de verdad han llegado en la universidad. Hasta entonces me unía a mis amistades por el colegio, el instituto o el equipo de baloncesto. Desde Pamplona me unía la convivencia, las 24 horas, la lista de la compra, las confidencias. En la universidad tus padres ya no están –salvo a la hora de pagar la cuenta–, y aprendes, en una especie de mili del siglo XIX, a solucionar tus problemas por ti mismo.

No es mi intención escribir aquí mi biografía universitaria. Como decía, llegamos el sábado a ese congelador llamado Burlada, un piso misterioso propiedad de los abuelos de Borja en el que sobrevivir es cosa de superhombres… como Borja.

Roberto, atacado por un ataque de alergía al polvo, y yo, fastidiado a medias por el frío y el hielo de los cubatas, tuvimos que buscar una farmacia de guardia para aliviarnos. Mientras, Borja aguantaba algo peor: dos quejicas recordándole que el lugar no era el hotel Ritz (gracias por darnos una cama, Borja!!).

Visto que en casa hacía más frío que fuera, dedicamos el sábado y el domingo a recorrer los lugares que formaban parte de nuestro paisaje diario en la universidad. Roberto se despistó y se metió con el coche por dirección prohibida en las santas narices de la policía. Les explicamos que éramos antiguos universitarios con nostalgia y que en nuestra época, por allí sí se podía pasar. Tuvieron compasión, y Roberto se ahorró cerca de 200 euros y algún punto.

El lunes, día del coloquio con alumnos de cuarto sobre el proyecto de fin de carrera, visitamos a algún profesor, saludamos a viejos conocidos de la cafetería y echamos el cierre a un buen fin de semana, en un buen lugar, y, sobre todo, con una buena compañía.

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Un comentario en “Pamplona

  1. Se dice que quien tiene opción de hacer una carrera universitaria pasa, sin duda, los mejores años de su vida. Y no falta razón, al menos en mi caso. Por supuesto que tuve momentos buenos en el pasado (y no tan buenos) y los habrá en el futuro, porque todavía queda un largo camino por recorrer. Sin embargo, la libertad que me ha ofrecido la Universidad ha sido, hasta ahora, irrepetible. Fue el momento de la independencia materna y paterna y el principio de la responsabilidad personal. Libertad no significa pasar de las clases y hacer el vago, sino aprender a conjugar por uno mismo el trabajo, el sacrificio y, por supuesto, la amistad.

    Yo también estoy de acuerdo en que, además de haber sido los mejores años de mi vida, he conocido a mis mejores amigos. Los grandes. Los que nunca se olvidan y siempre van a estar ahí porque entre, otras cosas, la independencia hizo que tuvieramos que formar una nueva familia lejos de la biológica.

    Así pues, que nunca nos olvidemos de una etapa tan importante como la universitaria, porque yo tengo mucho que agradecerle.

    Por nosotros!!!!
    Un abrazo muy fuerte!

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