Mi amigo

El�as, en su puesto de trabajo: el semáforo.

Elías es mi amigo. Le conocí un día camino del periódico, cuando me presenté en su puesto de trabajo sin avisar. Viene de Bucarest (Rumanía), y aunque su nueva profesión tiene incomodidades, siempre te recibe alegre, esbozando una sonrisa en su rostro ennegrecido por un sol de mañana, de tarde y de noche. Cuando el semáforo se pone en rojo, nos da tiempo a charlar. “Ya me han dado los papeles”, me dijo el otro día, antes de que metiera primera y le dejara allí, reuniendo céntimo a céntimo los 25 ó 30 euros libres de impuestos que gana al día. En total, según mis cálculos, algo más de 600 euros mensuales.

Se vino a España con su padre, que también trabaja. Entre los dos se las ingenian para pagar un piso de alquiler, subsistir y tratar de mirar hacia el futuro con algo más de optimismo que en su país de origen. Antes de recorrer 5.000 kilómetros atravesando Europa, Elías, de 18 años, se dedicaba a “ir de juerga”. Ahora baila entre coches con un limpiaparabrisas y una botella de plástico con agua y jabón, ofreciéndose entre conductores. “Hay gente buena pero también mucha gente mala”, dice. “Sólo me acerco a los buenos”.

Es inmigrante y su trabajo es ilegal, pero es un ser humano trabajador, respetuoso y educado. Por eso es mi amigo, aunque sólo nos veamos el minuto escaso diario en que paro en el semáforo.

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