Página de Archivo 2

*Pajarain, ZP y compañía

Día II. Nueve y media de la mañana, Borja se ducha y Roberto aún trata de resucitar. Con legañas en los ojos y sin quitarme aún la manta, paso a sintetizar el día de ayer, 600 kilómetros llenos de paradas desde la salida de Madrid a las 9 a la llegada a Asturias doce horas y media después.

Lo principal fue cambiar todo el plan, que conllevaba recorrer la Vía de la Plata hacia abajo y ver Zamora, Salamanca o Cáceres en medio de agosto. ¿Quién va a Zamora en agosto? Entramos en razón a tiempo, aunque el imprevisto casi nos deja sin cama en Asturias.

El primer destino fijo era León, donde Roberto nos enseñó la catedral y nos llevó de tapas. Antes, dos paradas técnicas en lugares grises, Benavente y Medina del Campo; y otra en Astorga, donde vimos el Palacio de Gaudi, precioso, y compramos una tableta de chocolate y mantecados típicos. Y tópicos.

Entretanto, llamada de la pensión de Concha de Artedo (Cudillero) diciendo que se habían confundido, que no teníamos habitación, mareos, manzanillas e imitaciones de Borja (ver vídeo) en la autopista hacia el Cantábrico y búsqueda de nuevo destino en tierras asturianas: Novellana, un idílico lugar pegadito a acantilados espectaculares y donde todavía se ven las estrellas por la noche.

Después de desayunar, iremos a la Playa del Silencio, recomendada por muchos como una de las mejores de España. Sin nosotros quererlo, hasta a 3 kilómetros de aquí. Pena que a esta hora aún no tengamos sitio donde dormir. Trataremos de que sea por aquí. Vamos a desayunar, que se hace tarde.

*Pajarain es mezcla de Pajares y Borja Beriain, invención del viaje creada por Roberto: “Está perdiendo su personalidad en favor de la de sus personajes”, dice Roberto, aún desde la cama.

Por tantas cosas

Street basket

¿Que por qué me gusta el baloncesto? Por los recuerdos, por la amistad, por la diversión, por los sábados por la tarde en Dumboa y las noches de madrugada con colacao y galletas al descanso, por los 3×3 en la plaza España de Irún antes de los Sanmarciales. Me gusta por la caballerosidad, por la cortesía, por la rapidez, por la creatividad, por la imaginación, por la competición. Porque jugar cuesta 10 euros, lo que vale un balón nike de los normalitos. Porque si estás sólo te tiras unos tiros, con dos hay un uno contra uno, con tres se puede echar un burro o una ruleta, y porque siendo pares, siempre hay partido.

Porque cualquier colegio tiene canastas y, si eres pijo, siempre puedes ponerle tú la red. Porque se juega en la calle y en la cancha, y nadie te pregunta quién eres. Sólo hace falta querer jugar, y juegas. Por el cariño y la ilusión, por las palmaditas en el culo o por el choque de manos antes y después de los partidos, gane quien gane, pierda quien pierda. Por los 1.500 partidos grabados que tengo en mi armario, la emoción de ver en directo el último partido de Jordan y las noches en vela del 97 con mi primo Al viciándonos al Live. Por aquel autobús que cogía de pequeño. Pasaba cada 40 minutos los domingos y me dejaba en Behobia, donde mis primos organizaban los torneos callejeros. Lloviera o hiciera sol. Tuviera sueño o no. Me doliera una pierna o tuviera hambre. Por los equipos en los que he jugado en Irún, Pamplona, Badajoz, Madrid, y por la relajación que me producía jugar un rato antes de seguir estudiando durante los exámenes de la carrera.

Por los 107.000 kilómetros que he hecho en mi coche en tres años con el balón en el maletero o por el millón de tiros en suspensión en mi casa. En el jardín, si hacía bueno. En el garaje, si llovía. Por las flores aplastadas después de un mal rebote o por el rebote de mi padre al no poder echar la siesta por los botes del balón. Por Beltza, mi primer perro, uno de los mejores defensores que nunca tuve y por Cámara, mi primer entrenador, y sus gritos cuando le hacía cabrear. Mi primer tiro fue en el 96, cuando aún no tenía 13 años, y el último ha sido hace unas horas, a punto de cumplir 26. Por todo, gracias.

Recuerdos de Gal

Aún recuerdo ese campo. Cuando soñaba con ser periodista, quizá con 7 u 8 años, bajaba por las escaleras de la vieja tribuna del Stadium Gal y me apoyaba sobre una pared a ver el partido. Cerquita, Xabier Gezala, de Radio Irún, locutaba con emoción desmedida aquellas jugadas de Tercera División, entre bostezos de 5 de la tarde del domingo y una neblina con olor a puro, de esos largos que duraban todo el partido. Yo era demasiado pequeño para atender al partido. Al lado de aquel estadio había un campo de tierra donde los niños preferíamos disfrutar de nuestro propio partido, de manera paralela al partido de los mayores. Tan cerca jugábamos de ellos que a veces, sin quererlo, el balón se nos colaba en el campo grande, y el árbitro tenía que detener el juego.

Ascenso

Mi padre me hizo socio mucho antes de que, por edad, tuviera que pagar la entrada, y siempre digo orgulloso que si me muero cuando me tengo que morir, a eso de los 80 ó 90 años, llegaré a ser el socio número 1, y quizá salga al renovado estadio con bastón a recibir una insignia de oro y brillantes. Cosas mías.

Aquella fue la época en que mi padre me fue enganchando al Real Unión, con premeditación y alevosía, hasta que la rutina fue convirtiéndose en afición. Sin yo saberlo entonces, él pretendía que padre e hijo tuvieran su propio espacio, planes en común. Hoy se lo agradezco de corazón porque fuera el Sestao River o el Real Madrid (que también jugó ante el Unión), acabé comprendiendo lo más importante de aquello: estar juntos.

En 2005

Llorando

jon-badajoz

Es probable que llegara a Badajoz demasiado pronto. No había cumplido 22 años cuando aterricé en el aeropuerto que hasta entonces ni siquiera sabía que existía. Arrancaba julio y según bajaba las escalerillas, me di cuenta de que había más Españas de las que yo conocía. Y muy distintas.

Podría haber 40 grados fuera, pero dentro del taxi la temperatura era mayor. “A Badajoz la gente viene llorando, pero se va llorando”. Me lo dijo el taxista, que me debió ver la cara. En los 20 minutos hasta el periódico me trazó un rápido esbozo de aquella ciudad que trataba de vislumbrar por la ventanilla entre la ignorancia, el nerviosismo y el sol que ahogaba el mediodía.

Los primeros días fueron duros. No conocía a nadie, el periódico tenía poca actividad en aquellos inicios de verano y el calor era insoportable en aquel habitáculo de 20 euros-día-sin aire acondicionado en el que fui a caer. Era un hostal regentado por un señor cincuentón, con un deje cerrado que me costaba entender. Recuerdo que me dio un plano de la ciudad y marcó a boli algunos puntos en los que podía vivir. Tenía que encontrar un piso en alquiler, y durante cuatro días ése fue mi cometido hasta que di con uno que cumplía las características: nuevo, dos habitaciones, aire acondicionado y garaje.

Los primeros días fueron a cámara lenta, pero los siguientes tres años y medio volaron sin darme cuenta. En el plano profesional ayudé al periódico, pero el periódico me ayudó más a mí. En el personal, tampoco pudo ir mejor. Conocí a personas excepcionales que me hicieron sentir querido y que me abrieron las puertas a Extremadura, la tierra de mis padres y mis abuelos. Viajé por decenas de pueblos, conocí a sus gentes y, por qué no, presumí de mi condición de vasco con sangre extremeña.

Estoy seguro de que si hubiera caído en aquel paraíso vital algo más mayor, quizá me hubiera quedado. Era demasiado joven para renunciar a seguir aprendiendo, pero aquel taxista tenía razón. Nunca lo hubiera imaginado, pero yo también me fui llorando.

Nevó

Un día nevó, y mi cámara congeló su gesto: la sonrisa más bonita del mundo.

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