
Es probable que llegara a Badajoz demasiado pronto. No había cumplido 22 años cuando aterricé en el aeropuerto que hasta entonces ni siquiera sabía que existía. Arrancaba julio y según bajaba las escalerillas, me di cuenta de que había más Españas de las que yo conocía. Y muy distintas.
Podría haber 40 grados fuera, pero dentro del taxi la temperatura era mayor. “A Badajoz la gente viene llorando, pero se va llorando”. Me lo dijo el taxista, que me debió ver la cara. En los 20 minutos hasta el periódico me trazó un rápido esbozo de aquella ciudad que trataba de vislumbrar por la ventanilla entre la ignorancia, el nerviosismo y el sol que ahogaba el mediodía.
Los primeros días fueron duros. No conocía a nadie, el periódico tenía poca actividad en aquellos inicios de verano y el calor era insoportable en aquel habitáculo de 20 euros-día-sin aire acondicionado en el que fui a caer. Era un hostal regentado por un señor cincuentón, con un deje cerrado que me costaba entender. Recuerdo que me dio un plano de la ciudad y marcó a boli algunos puntos en los que podía vivir. Tenía que encontrar un piso en alquiler, y durante cuatro días ése fue mi cometido hasta que di con uno que cumplía las características: nuevo, dos habitaciones, aire acondicionado y garaje.
Los primeros días fueron a cámara lenta, pero los siguientes tres años y medio volaron sin darme cuenta. En el plano profesional ayudé al periódico, pero el periódico me ayudó más a mí. En el personal, tampoco pudo ir mejor. Conocí a personas excepcionales que me hicieron sentir querido y que me abrieron las puertas a Extremadura, la tierra de mis padres y mis abuelos. Viajé por decenas de pueblos, conocí a sus gentes y, por qué no, presumí de mi condición de vasco con sangre extremeña.
Estoy seguro de que si hubiera caído en aquel paraíso vital algo más mayor, quizá me hubiera quedado. Era demasiado joven para renunciar a seguir aprendiendo, pero aquel taxista tenía razón. Nunca lo hubiera imaginado, pero yo también me fui llorando.

